Los cambios de libros de textos: una irracionalidad sistema educativo dominicano

daniel

SANTO DOMINGO.-Con el inicio del año escolar se pone de manifiesto una de las grandes irracionalidades de nuestro país. Nos referimos al cambio de los libros de textos.
Los padres y las madres, impotentes, ven cómo libros adquiridos para que los utilice su María, por ejemplo, cuando esta pasa de curso no los puede aprovechar su hermano Luisito porque ya han sido cambiados.
Entonces es cuando uno echa de menos la época de nuestra niñez. Por ejemplo, los Martínez-Almánzar eran cuatro. Juan Francisco, el sociólogo e historiador autor de “Enriquillo, ídolo de barro”, “Manual de histórica crítica dominicana”, entre otras obras, era el mayor. Los libros que él utilizaba, luego los aprovechaba Rafaela, la que se esmeraba en cuidarlos para que al año siguiente los utilizara Francia, mejor conocida como Morena, y casi finalmente, como si se tratara de una carrera escolar de relevo, venía a servirse de ellos Arturo. Dije “casi finalmente” a propósito, porque el traspaso de los textos no terminaba ahí. Sucede que aunque yo no era de la familia, me tenían como si lo fuera —y yo me sentía como tal—. El caso es que algunos de esos libros caían en mi mano a título de préstamo, como es el caso del “Álgebra” de Baldor y la “Geometría” de Antonio Paz.
Los demás libros mi madre los compraba a las madres de amigos que me llevaban uno o dos cursos. Recuerdo el libro de historia de sexto, llamado el “Diploma”, o así era como lo identificábamos. Era un armatoste que parecía una guía telefónica, pero no una guía de los años sesenta, sino del 2000, año en que había más gente registrada con el servicio telefónico. ¡Qué librote! El nombre siempre me chocó. “Diploma”. En un momento pensé que se lo había puesto alguien al que se le ocurrió la idea de que el que leyera aquello se hacía merecedor de un diploma. Cuando pasé a sexto mi madre le compró el libro a doña Bárbara, la madre de Lucy.
Estoy seguro de que lo que nos pasaba a mi hermana y a mí les pasaba a los demás. Ahora eso sería imposible porque desde el año 1992 se viene aplicando una disposición (algunos dicen que es una ley; si es así ignoro cuál es) que establece como vida útil de los libros de texto cuatro o cinco años. Escribo las dos cantidades porque no hay unificación en los libreros que he consultado.
Esa irracionalidad tiene un nombre. Se llama negocio. Las editoras están haciendo con los dominicanos y las dominicanas el negocio de su vida, porque tienen un mercado cautivo al que obligan a consumir, consumir y consumir sus productos en serie. Algunas incluso no esperan el tiempo acordado para hacer el cambio y lo impulsan antes. Por ejemplo, la serie “Actualidad Escolar” de primero a sexto solo tuvo dos años de vigencia (2014-2016), pues fue cambiaba por la serie “Veraz”. ¡En dos años!
¿Cuatro años? Pero acaso en tan poco tiempo qué puede cambiar de la Matemática; qué nuevo descubrimiento se logra en Física o Química; en Historia, qué puede cambiar del Descubrimiento, de la independencia y de la Restauración, del complot para matar a Lilís, de la ocupación norteamericana y de Trujillo. ¿En Lengua española qué puede modificarse que motive un nuevo texto?
Lo nuevo que surja puede suplirse con cuadernillos, como hacía, por ejemplo, Frank Moya Pons con sus “Historia dominicana”. Si la edición cubría hasta los Doce años de Balaguer (1966-1978), entonces él preparaba un cuadernillo con lo nuevo: el gobierno de Guzmán (1978-1982) y el de Jorge Blanco (1982-1986), hasta el lanzamiento en el 1987 o 1988 de otra edición del texto, en la que incorporaba lo nuevo. Algo parecido hace la Real Academia de la Lengua. Esta corporación no edita cada año un diccionario o una gramática; debe hacerlo cada diez años, y digo debe hacer porque eso es lo que se propone, pero en la realidad siempre se pasa con varios años.
Y no me vengan con el cuentito de que los cambios no se deben al contenido sino a atención de los avances pedagógicos porque eso tampoco se produce en tan poco tiempo.
Tampoco debemos hacernos los suecos ante este abuso porque el Ministerio de Educación les facilita los libros a los estudiantes de las escuelas públicas. Aquí son decenas de miles los padres y las madres que por una u otra razón tienen que poner a sus hijos en escuelas privadas, y estos merecen que se les proteja de abusos como el que denunciamos.
Así que a ver quién se anima a ponerles el cascabel a estos gatos.

Comparte en tus redes

FacebookTwitterGooglePinterest


,

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *